viernes , septiembre 17 2021

Tulierías y Alejandreses -Columna XXVIII -Alejandor Carbonell

Tulierías y Alejandreses

Fiestas infantiles

Alejandro Carbonell

Hablando de traumas, recordé algunas de las fiestas a las que me invitaban de pequeño, íbamos mi hermano y yo porque la diferencia de edades es de año y medio, nuestros amigos eran comunes, incluso creo que yo conservo amigos de mi hermano que él ya no recuerda haber tenido jamás.

La dinámica de las fiestas era casi siempre la misma, jugar hasta que nos obligaran a entrar a comer algún sándwich, una torta o unos cuernitos, en los casos más rimbombantes, hacían espagueti que desde luego agradecía infinitamente. Recuerdo que no éramos mucho de payasos, las fiestas se nos iban en jugar futbol o beisbol, a veces en el campo, a veces en casa de Tavo, el que tenía un bóxer al que encerraban para que nos dejara jugar. Casi nadie podía ser portero porque qué tal que el perro se salía, su primer víctima era obviamente el guardamenta porque quedaba justo donde guardaban al perro.

Como todavía somos de una generación que no toleraba jugar más de una hora en el supernintendo, al momento de partir el pastel uno ya tenía bastante hambre por haber jugado todo el día. Pero sucedía que casi siempre era una gelatina de mosaico y un pastel de tres leches.

Todos tenemos ciertos prejuicios con algunos alimentos, uno de los míos es precisamente contra la leche. Cuando consumo lácteos es en presentaciones y sabores específicos, de lo contrario me resulta imposible poder comer. La gelatina de mosaico tiene esa parte blanca hecha con leche que no tolero, así que mi labor consistía en limpiar cada uno de los cubitos (solamente los rojos, los verdes no valían) escrupulosamente hasta que no hubiera rastro de gelatina blanca.

Otro de mis tantos prejuicios sucede con las texturas de los alimentos, es complicado de explicar pero se resume en que el chicharrón en salsa verde parece una comida previamente masticada y mi tráquea se confunde, no sabe si  va entrando o va saliendo, no sé si estoy comiendo o vomitando. El cereal, por ejemplo, siempre lo he comido seco, porque la leche no me gusta y no puedo con la comida blanduzca y empezada a masticar. Entonces un pastel de tres leches jamás ha llamado mi atención. Una vez comí un poco de uno y estuve a punto de escupirlo casi vomitando. Mi actuar en estas ocasiones era diferente: me comía el chantilly dejando el resto por si alguien continuaba hambriento.

El trauma no era quedarse con hambre después de jugar y buscar algún sándwich sobrero para comer, el trauma era que siempre tenía que estar diciendo “mi plato sin gelatina, por favor” o “no, gracias, así, sin pastel” para que me preguntaran por qué no, inventando alguna excusa para que no supieran que no me gustaba el pastel de tres leches o la gelatina de mosaico porque la parte blanca era obviamente hecha con leche.

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